La burocratización de la existencia

A poco que uno se asome a la virtualidad informativa del mundo, como sucedáneo de ilustración ciudadana, aprecia que cuanto más se habla de libertad, resulta que se se encuentra tan devaluada que pasa desapercibida como realidad, aunque no como propaganda. En casi todo, solo prevalece la versión declarada oficial, aquello que la contravenga se etiqueta como noticia falsa o simple majadería. Salta a la vista que la existencia humana está controlada y dirigida por la burocracia de turno, porque ha tomado el control de todo lo que se mueve y puede moverse en el plano social. Bajo la dirección de la burocracia política, la burocracia administrativa de los Estados se adentra en los terrenos hasta ahora propios de la existencia individual y amenaza con convertirse en un poder total, ante la pasividad de la sociedad civil. Ya no se trata de llevar a término la función ordenadora de las relaciones socio-políticas asignada a los representantes de la legalidad, sino más bien de una cuestión de acreditar y evidenciar el poder asumido por un grupo selecto de empleados amparado en el ejercicio de funciones estatales. De manera que quiere dejar constancia del mismo ante la ciudadanía adentrándose en todos los reductos de la existencia individual y colectiva, imponiendo su control como organización weberiana, pero generalmente con determinación de poder y desde una proyección corporativa y clasista.

Emprendida la tarea de burocratización de la existencia, es decir, someter a control todo lo que cae a su alcance, la burocracia pública, modernizada con el auxilio de las nuevas tecnologías, no tanto para mejorar el servicio administrativo como para hacer más efectivo su poder frente a los administrados, ha acudido a la burocracia privada para hacer completa y efectiva la tarea de control social. Ha exigido la puesta a su disposición de la producción tecnológica de las empresas privadas que controlan el mundo de la información y la comunicación, para mover la conciencia de las masas en la dirección que conviene a los intereses del poder, jugando con la creencia de que sus individuos son libres, cuando resultan estar manipulados por la propaganda de una y la publicidad de las otras. La consecuencia es que la libertad individual se ha encerrado en una jaula virtual que se proyecta hacia lo real, pero sin llegar a alcanzarlo, de la que ya no es posible salir, porque el conocimiento se ha limitado a lo que resulta conveniente para satisfacer los intereses del poder y las apetencias económicas empresariales.

De un lado, con la mercantilización de la comunicación, bajo control de las grandes multinacionales, las simples conversaciones personales o las opiniones en el ámbito de las redes sociales, cuando no en el resto de las transmisiones, se han convertido en asunto de dominio público al crearse una especie de confesionario en el que, respetando aparentemente la intimidad de los usuarios, se difunden de una u otra forma aspectos de esa intimidad. Los llamados datos o directamente la vida privada se factura bajo cuerda o abiertamente a ciertas administraciones estatales como contribución onerosa, con la finalidad de asegurarse la buena marcha del negocio, y simultáneamente se comercia sin disimulos entre las empresas mercantiles con ese tráfico virtual de ideas, creencias y existencias individuales, agrupadas en un plano de masas. El negocio basado en los grandes números sirve de pantalla para camuflar la vida privada de cada uno que, en definitiva, ha pasado a ser componente del mercado, para satisfacción de los que sueñan con darse a conocer al gran público. Las consecuencias en uno y otro caso es que, los usuarios, creyéndose libres, acaban siendo manipulados administrativa y comercialmente en base a esos datos. Luego, con ayuda de los tan sonados algoritmos, la mentalidad colectiva acaba siendo conducida en la dirección que resulta conveniente para el sistema y para los ejercientes del poder político. Lo que era fácilmente previsible en un mundo capitalista donde nada está destinado a ser gratuito.

Por otra parte, la información tradicional utiliza los acontecimientos, ya sean naturales o prefabricados, una vez acondicionados a sus intereses, al objeto de convertirlos en noticia de mayor o menor calado, dando el sesgo oportuno, para que luego también puedan ser utilizados por otros grupos de intereses económicos y sociales; así como para que sirvan de instrumento al servicio de la propaganda política. En esta polivalencia informativa, hasta la noticia nimia puede ser canalizada para hacer con ella negocio por ambas burocracias; una, orientándola hacia el beneficio económico y, la otra, hacia el reforzamiento del poder. La manipulación de la información a conveniencia del fabricante ha pasado a ser elemento decisivo en el proceso de burocratización, puesto que tiende a imponerse una versión única exclusiva y excluyente de los hechos, donde la libertad de expresión y la pluralidad de medios quedan sometidos directa o indirectamente a la fiscalización del poder político.

No obstante el papel asumido por el control de la comunicación y de la información para la construcción de las ideas colectivas prefabricadas, el argumento central en el proceso de burocración de la existencia viene con la elasticidad de la ley, dispuesta para adoptar soluciones de poder en lo que afecta a la vida de las personas, llevando con ello a reducir sus espacios de libertad, que es avasallada por el avance la organización burocrática. Casi siempre hay una ley que viene a decir a los ciudadanos lo que tienen que hacer, reconduciendo la autonomía de la voluntad en la práctica a una ficción jurídica, porque siempre está condicionada o abiertamente dirigida. Todo ello a tenor de un supuesto interés general, que ha sido previamente manipulado por los intereses del poder político y administrativo.

Los espacios que venían ocupando en la sociedad la tradición, los usos y las costumbres han sido remodelados a conveniencia de la burocracia, con lo que son expresión tanto de lo meramente administrativo como de la clase política y del empresariado capitalista. La cuestión se define en términos de poder y negocio. En este panorama, el grupo, más o menos pintoresco y llamativo, juega un papel fundamental para el desarrollo de ambos en detrimento de la individualidad. Las sociedades avanzadas empiezan a perder su propio rumbo, condicionada su marcha por la voluntad manipuladora de un conglomerado de intereses grupales que tratan de adormecerlas o dividirlas con la finalidad de, tratando de imponer sus particularidades a la generalidad, reforzar el sistema burocrático, ya que se le invita a asumir nuevas funciones tuitivas.

La burocracia, a medida que se asienta en el poder, impone el camino por donde tiene que transcurrir la vida de las personas, incluso va más allá y no duda en exigir como deben pensar y sentir. Fija los parámetros del amor y el odio en lo personal. Si las preferencias individuales no se definen en los términos que marca lo oficial pueden entenderse como odio, y ya es delito. También es obligado ser solidario por mandato legal. Se declara la libertad de expresión, pero esa libertad consiste en alabar las determinaciones del poder, porque la discrepancia está mal vista o es directamente reprimible. Acompasándose a esa espíritu de grandeza que asiste a la burocracia, ha asumido el papel de protectora en todos los aspectos de la vida de los teóricamente débiles, tanto de personas, como de animales y cosas. En la inmensa tarea asumida por la organización pública, su trabajo incluso se incrementa a medida que surgen los conflictos, azuzados por los efectos de las prácticas capitalistas y de la picaresca de las masas, lo que resulta desbordante como función a realizar. De esta manera la burocracia se siente obligada a incorporar una legión de técnicos para encauzar su proyecto y de paso combatir la disidencia. Así aumenta su tamaño y asume nuevas atribuciones, que suponen mayor poder, y se incrementa todavía más si continuamente se criminaliza buena parte de la existencia. En suma, nuevos negocios para sus colaboradores, mientras que el poder asumido por la burocracia arrasa con la individualidad.

En el proceso que avanza imparable, ya no solamente se trata de condenar cualquier actividad que contravenga los intereses dominantes -aunque tal vez el delito se encuentre en la mente del legislador que invade libertades naturales cuyo ejercicio no perjudica a nadie-, sino también de imponer obligaciones para que los sujetos-objetos humanos circulen por los viales señalados al efecto bajo la permanente amenaza del castigo. A cada paso el ciudadano precisa echar mano del catecismo para ver si en él su acción o inacción están tipificadas como reprimibles, y tratar de comportarse debidamente. Como la pena es una solución extrema, basta con acudir a la imposición para dejar constancia del poder del grupo burocrático sobre las masas. A tal fin hay que construir patrones de conducta social determinandos, por ejemplo, como sofocar toda violencia, como ser sociable, como vivir la propia vida, como definir las preferencias, como moverse en la sociedad civil, como obrar en familia, en fin, una retahíla moralizante inagotable. En todas estas imposiciones, junto al componente racional acaban por aflorar los intereses, prioritariamente los del capitalismo, en su condición de soporte del sistema, y casi simultáneamente los de la burocracia, no solo como organización racional, sino como agrupación ávida de poder. Luego están los intermediarios privados dedicados a airear y a promover cualquier actividad que permita la expansión de la burocracia, ya sea creando ambientes audiovisuales preparatorios del pensamiento dirigido de las masas o fabricando iconos, para ser objeto de veneración en su condición de representantes de nuevas virtudes de apariencia que deben servir de modelo a sus seguidores. Como simple espectadora, la libre voluntad individual se va estrechando en sus límites al punto de acusar asfixia. La individualidad agoniza bajo la presión de la burocracia, que estrecha el cerco cada vez con mayor decisión para evitar a las personas y entenderse con números.

Ante el avance de la presencia burocrática, ronda en el aire un atisbo de esperanza que permite preguntar, si en este panorama, quedaría algún resquicio para vivir la individualidad. Tal vez haya opciones. Frente a esa burocracia dispuesta a regular en provecho propio toda la existencia, no sirve la rebelión tradicional porque es inútil y, lo que es peor, permite crear caudillos de la causa, entregando a las masas a una nueva servidumbre. Pudiera ser útil la crítica, aunque fuera como vehículo de reflexión a largo plazo, para cuando se serenen los ánimos, una vez desaparecidos los intereses dominantes del momento. Lo que parece apropiado es recuperar la autonomía individual, al menos en su refugio mental, como paso previo a la construcción de un sistema de poder en el que sean los miembros de la sociedad los que tengan la última palabra, más allá de ficciones democráticas de carácter representativo y legalismos de poder.

Antonio Lorca Siero

Mayo de 2018.

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