Brasil, no estás solo

El domingo pasado Brasil celebraba elecciones presidenciales mientras que Ignacio Luiz-Lula-da Silva, por estar en prisión, no era elegible. El ganador de la primera vuelta ha sido Jair Bolsonaro que lidera el partido “Brasil por Encima de Todo, Dios por Encima de Todos”. Supongo que el nombre lo dice todo y no dice nada. Pero baste recordar unas declaraciones de Bolsonaro en 1993 que recoge el archivo digital del New York Times: “[E]stoy a favor de la dictadura” y “[N]unca solventaremos los importantes problemas nacionales con esta democracia irresponsable”. En ese artículo, Bolsonaro se declara admirador de Alberto Fujimori, el ex presidente de Perú que fue encarcelado por corrupción y crímenes de lesa humanidad. Sus comentarios contra las mujeres –a una diputada del PT le dijo “no te violo porque no lo mereces”-, los homosexuales y los indígenas” hediondos, no educados y no hablantes de nuestra lengua”-han atraído la atención internacional en los últimos tiempos. Probablemente, este comentario le defina: “Cuando era joven había pocos homosexuales. Con el paso del tiempo, por los hábitos liberales, por las drogas y porque las mujeres empezaron a trabajar, aumentó el número”. Si todo esto no fuera tan grave, se podría decir que Bolsonaro es la réplica carioca de Torrente

Los medios han recogido los resultados y cabe esperar que sigan centrándose en ese país durante las próximas tres semanas, pues el 28 de octubre hay segunda vuelta. En esta entrada quiero destacar un resultado que ha pasado, a mi juicio, bastante desapercibido: un 6.1% de votos nulos y un 2.7% de votos en blanco. En total, en estas elecciones presidenciales, un 8.8% de los votos que han depositado los brasileños, no sirven para la distribución del éxito electoral, es decir, son inválidos. Un 8.8% es importante, si bien este porcentaje se ha reducido según lo que nos decían algunas encuestas en junio cuando apuntaban a más del 30% (según la encuesta DataPoder360).

En lo que respecta a votos inválidos, Brasil no está solo. Por ejemplo, si el voto invalido hubiera sido un partido político en las elecciones legislativas de 2006 en el Perú, éste se habría convertido en segunda fuerza. En Ecuador el voto inválido se situó entre el 20 y el 30% en las elecciones parlamentarias de 1984, 1986 y 1996. Y en México en 2006, los votos inválidos superaron el 5%, gracias a las acciones del movimiento anulista, mientras que en la anterior elección no se llega al 3%. Y esto no solo sucede en América Latina. Por ejemplo, en Indonesia, en las elecciones de 2009, el voto inválido sobrepasó el 10% y en algunas divisiones electorales de Australia –como Blaxland o Fowler- se ha superado el 14%. Como cuento con Annika Werner en un reciente artículo aquí (si no tienes acceso y te interesa, envíame un mail), cuando la proporción de votos inválidos es mayor que el margen de victoria, o mayor que el resultado de algunos partidos, hay un problema de legitimidad democrática. El 21% de las 417 elecciones celebradas entre 1970 y 2011 que analizamos en el artículo tienen un margen de victoria menor que la proporción de votos inválidos.

Ir a votar conlleva unos costes, aunque sean mínimos. Primero, para poder votar, hay que estar registrado, algo que en España sucede –afortunadamente- de forma automática pero en otros países –Estados Unidos o Australia, donde el voto es obligatorio- no. Segundo, hay que desplazarse hasta el colegio electoral que a uno le toca. Normalmente, hay muchos colegios, y se puede votar sin problemas. En España se asigna un colegio concreto a cada ciudadano; en Australia, en cambio, uno puede votar en cualquiera de los colegios de su distrito. En cualquier caso, ni en España ni en Australia se dan colas muy largas a la hora de votar y esto no supone un coste importante. En cambio, en Estados Unidos en alguna elección –por ejemplo la que ganó Obama en 2008- la espera fue superior a las dos horas. Y eso en un día laborable aún tiene un coste mayor. Tercero, si uno está indeciso por qué opción votar y le interesa la cosa pública, se informa algo sobre las políticas que sus potenciales partidos o candidatos ofrecen, invirtiendo algo de tiempo.

Teniendo en cuenta lo anterior, ¿qué lleva a alguien a desplazarse hasta su colegio electoral, identificarse ante un grupo de desconocidos, elegir una papeleta y, por ejemplo, romperla, escribir algún mensaje, incluir una rodaja de chorizo, o no incluir una papeleta y poner un cromo de Messi (es mi experiencia en el conteo de una mesa en unas elecciones municipales en Barcelona) entre otras muchas opciones? ¿Por qué no se quedan estos electores en casa o aprovechan el tiempo en cualquier otra actividad? Las respuestas suelen organizarse respecto a dos grandes explicaciones: el error o la protesta.

El primero indica que los ciudadanos se equivocan a la hora de marcar su voto. En España esto no sucede –para el Congreso- porque cada partido tiene papeletas diferenciadas. En otros contextos donde uno debe ordenar sus preferencias, hay que seguir las instrucciones para rellenar la papeleta. Por ejemplo, en las elecciones federales en Australia, cada partido pide a los electores el 1 para su candidata. Pero, luego, sugieren a quien has de poner como número dos, tres, etc. Si hay un distrito con, digamos, 7 candidatos y no se rellena la papeleta con todos y cada uno de los números consecutivos, dicha papeleta cuenta como nula, se invalida y no entra en el conteo. Las probabilidades de equivocarse con el sistema aumentan si el sistema de votación estatal difiere –como así es para varios estados- del federal.

La segunda respuesta es lo que se conoce como el voto protesta. Los ciudadanos pueden estar desencantados con los partidos existentes porque ninguno les satisface. Ante eso, se pueden quedar en su casa, abstención. O pueden mostrar su rechazo mediante el voto nulo con una rodaja de chorizo. En contextos en los que el voto es obligatorio y además esta obligación se ejerce, se observa que el número de votos inválidos, es más alto que con voto. Dicho de otro modo, en países en los que votar es una obligación, una de las formas de protestar es mediante el voto invalido.

Por último, una mirada a un país vecino. En las legislativas de Marruecos de Noviembre de 2011 la proporción de votos inválidos superó el 25%. Como bien se cuenta aquí, muchos marroquíes que fueron a votar, llegaron a su colegio electoral, tomaron la papeleta y escribieron “Fuera”, “Todos ladrones”, etc. Esos votos no se cuentan y son los que se consideran inválidos. Ciertamente, Marruecos no es un adalid de la pureza democrática, pero para lo que nos incumbe aquí hoy, muestra que los votos inválidos no son solo un factor a considerar en contextos democráticos. Los votos inválidos proveen a los regímenes autocráticos de una información más que importante.

Via:: https://www.eldiario.es/piedrasdepapel/Brasil-solo_6_823527657.html

      

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